“Hagamos al Hombre...”

(Todas las referencias bíblicas son tomadas de la antigua versión de Casidoro de Reina y Cipriano de Valera, conocida como “versión antigua”, a menos que se haga la cita específica de una versión distinta)

Génesis 1:26-27  “Y dijo Dios:  Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra.  Y crió Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo crió; varón y hembra los crió.”

Génesis 2:7  “Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra, y alentó en su nariz soplo de vidas; y fue el hombre en alma viviente.”

Salmo 139:14 “Te alabaré; porque estoy compleja y maravillosamente formado; maravillosas son tus obras; y mi alma lo conoce muy bien” (antigua revisión en inglés, comúnmente conocida como “versión King James”).  Te alabaré por el maravilloso modo en que me hiciste.  ¡Admirables son tus obras!  Del todo conoces mi alma  (Traducción de las Sagradas Escrituras conocida como “versión Nácar y Colunga”).

Desde el principio, el propósito eterno de Dios fue implantar Su naturaleza Divina en una criatura.  La concepción del hombre es una obra de Dios.  Él diseñó al ser humano.  En el primer versículo citado, notemos que Dios se propone hacer al hombre; es decir, el hombre no es resultado de la evolución.  Definitivamente, Dios es el autor de la vida, lo crea o no la humanidad, “porque lo loco de Dios es más sabio que los hombres...” (I Corintios 1:25).  La evolución es “lo sabio de los hombres”, la creación del hombre a partir de la obra de Dios es la locura que la humanidad no quiere aceptar.

Ahora bien, la obra de la creación del, hecha por Dios, no ha concluido.  De hecho, es una obra que se dio en el principio de los tiempos, sino que es una obra iniciada a partir de la Redención de Cristo Jesús a favor de la humanidad.  Y, muy particularmente, a partir del momento en el cual nosotros recibimos a Cristo como nuestro Señor y nuestro Salvador.  Es ahí donde realmente empieza la obra de la creación de Dios en nuestras vidas.  Esta obra podemos llamarla “la hechura del hombre”.  Esta hechura tiene que ver con la implantación de la naturaleza divina en nuestro ser.

Notemos como el autor divino, a través del profeta, al escribir el versículo 27 de Génesis 1, dice que Dios “crió al hombre, a imagen de Dios lo crió, varón y hembra los crió”.  Es decir, en la concepción divina, existe una diferencia entre hacer y crear.  La hechura tiene que ver con la implantación de la naturaleza divina en nuestro ser, pero la creación es la configuración y diseño que Dios trazó en su mente para darnos forma y vida.  La creación del hombre tiene su origen en la eternidad pasada, en el momento mismo en el cual Dios concibe el propósito de traer a la creación una obra cumbre:  “el hombre - dios”; es decir, el hombre que participe de la esencia, de la sustancia divina, que participe de Dios mismo: “Yo dije: Vosotros sois dioses, e hijos todos vosotros del Altísimo” (Salmo 82:6).  “¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, Dioses sois?  Si dijo, dioses, a aquellos a los cuales fue hecha palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada)” (Juan 10:34-35).

Esta es la hechura en semejanza de Dios.  Pero la hechura es todo un proceso de cambio.  La hechura empieza con el nuevo nacimiento, continúa toda la vida del creyente en esta tierra y se cristaliza o se ve realizada por completo en el segundo advenimiento de Jesucristo, cuando “los muertos en Cristo resucitarán primero, y nosotros los que vivamos seamos transformados en un cuerpo glorificado y seamos reunidos con Cristo en las nubes para estar con Él por la eternidad.

Veamos cómo Dios concibe al hombre a través de la creación del hombre; y le da forma al tomar polvo (arcilla roja) de la tierra para confeccionar el cuerpo o vehículo motriz del ser humano; para después redimirle y empezar a transformarlo por completo en semejanza de Dios.

El Salmista afirma estar compleja y maravillosamente formado; dos revisiones de la Biblia nos muestran que Dios concibió y dio forma a un ser complejo pero, al mismo tiempo, maravilloso.  Es decir, la obra cumbre que coronó la creación fue el ser humano.  Pero la obra de arte de Dios será un hombre hecho en semejanza de Dios.

Realmente, cuando Dios creó al hombre a imagen de Dios, lo que realmente proyectó Dios a la creación fue Su forma trina de ser.  Dios es trino (II Corintios 13:13; Mateo 28:19; I Juan 5:7; Mateo 3:16-17  - Jesús, el Hijo, el Espíritu Santo en forma corporal como de paloma, y el Padre Celestial testificando desde el cielo-).  Luego entonces, el hombre debe ser trino.  La Escritura muestra que esto es así:  “Y el Dios de paz os santifique en todo; para que vuestro espíritu y alma y cuerpo sea guardado entero sin reprensión para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (I Tesalonicenses 5:23).  El pasaje es muy elocuente pues al hablar de pluralidad de elementos cosubstanciales del hombre (espíritu, alma y cuerpo), también habla de unidad en cuanto al propósito perseguido:  “sea guardado entero”.  Notemos que no hable de que sean guardados enteros, sino de que los tres elementos que componen al ser humano armonizan en una unidad.

“Porque la palabra de Dios es más viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos: y alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu, y las coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12).  La separación de nuestros tres componentes la hace la Palabra de Dios.  Las coyunturas y tuétanos son referencia inequívoca del cuerpo humano.  Los pensamientos y las intenciones del corazón áreas del alma humana.

“Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra, y alentó en su nariz soplo de vida; y fue el hombre en alma viviente” (Génesis 2:7); “Y formó el Señor Dios al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de la vida; y el hombre vino a ser una alma viviente” (Versión King James); “Modeló Yavhé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado” (Versión Nácar y Colunga); “... Jehová Dios formó el cuerpo del hombre del polvo de la tierra y le insufló aliento de vida.  ¡El hombre se convirtió así en un ser con vida!”  (La Biblia al Día).  La separación de espíritu, alma y cuerpo se da a través de los siguientes elementos:  El polvo de la tierra fue la materia prima para el cuerpo del hombre.  Científicamente está demostrado que nuestro cuerpo se compone de un buen número de elementos de la tabla periódica de Química; por ejemplo, la molécula de la vida se compone de Carbono, Hidrógeno, Oxígeno y Nitrógeno.  Nuestros huesos participan de Calcio y Fósforo; nuestro cabello tiene presencia de Azufre.  Y todo nuestro cuerpo se compone de un alto porcentaje de agua.  El soplo, o aliento que Dios alentó en la nariz del hombre es el espíritu de vida y también es el espíritu humano (cuando el hombre muere, su cuerpo vuelve al polvo de donde fue tomado  - Génesis 3:19; Eclesiastés 12:7a) el cual vuelve a Dios que lo dio (Eclesiastés 12:7b).  Pero la combinación del espíritu de vida (soplo de vida) y el cuerpo humano dan como resultado el alma del hombre, el real ego, el yo del hombre.  En Griego común antiguo ‘ego’ significa “yo”.

Job 7:11; Lucas 1:46-47; Eclesiastés 12:7; Ezequiel 37:5; 18:4 y 20  Estos son algunos pasajes de la Biblia que muestran la diferencia entre el espíritu humano y el alma.  Estas dos áreas del hombre no deben ser confundidas.  Dios es el creador del hombre; por tanto, Él es el único que puede descubrirnos cómo somos.  En cierta ocasión, Henry Ford pasó por un poblado; ahí estaba un automóvil de la marca Ford descompuesto; ningún mecánico lo había podido reparar.  El hombre vino, vio el vehículo, le echó mano y lo reparó.  Entonces le preguntaron que cómo lo había hecho ya que antes no se había podido reparar; él contestó: “yo hice este automóvil”.  Esta anécdota nos permite considerar que es Dios y sólo Dios quien puede revelarnos nuestra condición.  Nosotros somos trinos porque la Palabra de Dios así lo dice.

Esta tricotomía del hombre se puede ilustrar de la siguiente manera:  el espíritu humano es semejante al amo y señor; el alma se compara al mayordomo o administrador de las órdenes del señor; y el cuerpo es el esclavo o el ejecutor de las órdenes.  Sin embargo, al caer el hombre, el alma se enseñoreó en su voluntad y se encargó de conducir al cuerpo a donde ella quería.  “Vi siervos en caballos, y príncipes que andaban como siervos sobre la tierra” (Eclesiastés 10:7).  Al enseñorearse el pecado en el hombre, el espíritu humano (ya muerto a causa del pecado mismo) deja de tener la posición de príncipe o amo de la voluntad humana.

Watchman Nee decía: “el concepto corriente de la constitución de los seres humanos es dualista: alma y cuerpo...  Aunque hay algo de cierto en esto, con todo es inexacto.  Esta opinión viene de hombres caídos, no de Dios.  Aparte de la revelación de Dios, no hay ningún concepto seguro.  Que el cuerpo es la cubierta externa del hombre es, sin lugar a duda alguna, correcto, pero la Biblia jamás confunde el espíritu y el alma como si fueran la misma cosa”.

Cuando somos redargüidos por el Espíritu Santo, y venimos a una convicción de que somos pecadores y aceptamos a Cristo como nuestro Señor y Salvador, nuestro espíritu humano muerto es regenerado y viene a ser la habitación de Cristo en plenitud; por eso, cuando nosotros confesamos que Jesucristo es el Señor, estamos admitiendo que Él es ahora el encargado de dirigir nuestras vidas, lo cual hace desde ese lugar de habitación que es nuestro espíritu humano.  Entonces, nuestra alma puede tomar una de dos actitudes: obedecer o desobedecer.  Cuando obedece, nuestro cuerpo es guiado a cumplir la voluntad de Dios; cuando desobedece, enfrenta la disciplina de Dios.

La descripción trina del hombre está en el tabernáculo y en el ministerio de Cristo (Mateo 27:59-60 – cuerpo -; Lucas 23:43 y 46; I Pedro 3:18-19; Hebreos 9:14 – Espíritu -; y Hechos 2:27 y 31 - alma -; finalmente Isaías 53:9 muestra las tres áreas de Cristo, en Su ministerio).

 

Ahora veamos cómo está compuesto nuestro ser trino:

  1. Nuestro espíritu humano.- A través de él se tiene conciencia de Dios, cuando no hay bloqueo por incredulidad.-  Está tipificado en el Lugar Santísimo del Tabernáculo y del Templo.  Cristo se ofreció a sí mismo (entregó el alma y el cuerpo de Jesús el Hombre) por el Espíritu Eterno.  Nuestro espíritu tiene cinco sentidos:  Fe, Esperanza, Amor (Agape) (I Corintios 13:13), Adoración Verdadera (Juan 4:24), y Temor o Intuición de Dios (Hebreos 12:28).
  2. Nuestra alma.- Por ella se tiene conciencia del “yo”, del “ego” del hombre; se tiene conciencia de sí misma.  Y, a través de los cinco sentidos del cuerpo, se tiene conciencia del mundo.  En el Tabernáculo y en el Templo, está tipificada por el Lugar Santo.  El alma de Jesús  fue llevada al infierno por tres días y tres noches para ser atormentada a causa de nuestros pecados.  Y en el infierno, Cristo comprimió nuestra eternidad, al sufrir el castigo que estaba preparado para nosotros.-  Los cinco sentidos del alma son Razón (Marcos 2:8 “pensar”); Memoria (Salmo 145:7 No olvidemos de dónde nos sacó el Señor); Imaginación (I Crónicas 28:9); Afectos o Amor Fraternal o Amor Filial (Romanos 12:10); y Conciencia (I Pedro 3:16  somos cartas leídas del mundo; la mala conciencia se ejemplifica con malas palabras).  Además, nuestra alma es tan compleja que cuenta con siete anhelos; cuatro temperamentos; una voluntad; y otros equipos que deben ser santificados por Dios.
  3. Nuestro cuerpo humano.- Es el vehículo para tener conciencia del mundo exterior.-  En el Tabernáculo y en el Templo, el cuerpo está tipificado por los atrios.  El Cuerpo de Jesús sufrió lo indecible por nuestros pecados y fue puesto en una tumba por tres días y tres noches, de donde se levantó para nunca jamás volver a ver muerte “¿Dónde está oh muerte tu aguijón, dónde oh sepulcro tu victoria?”  “¡Oh muerte yo seré tu muerte!; ¡Oh sepulcro yo seré tu destrucción!”.  Los sentidos del cuerpo humano son Vista (Mateo 6:22); Tacto (Marcos 3:19); Gusto (Proverbios 24:13); Olfato (Cantares 7:8); y Oído (Deuteronomio 28:1 y 15).

La Relación de estos quince sentidos del ser humano está en cuerdas o ligaduras que el hombre no puede desentrañar pero que existen.  Un ejemplo de ello lo vemos cuando algo nos provoca un sobresalto.  Inmediatamente, nuestra mente (alma) empieza a razonar y a llenarse de ideas y de pensamientos, pero el cuerpo se ve invadido de adrenalina en la sangre y el corazón tiene una aceleración en sus impulsos cardiacos.  Todas estas ligaduras o lazos están entrelazados para dar comunicación y armonía al ser complejo que es el hombre.  De hecho los quince sentidos del ser humano son indispensables y sirven para dar Gloria a Dios:

 

 

Sentidos del espíritu

Sentidos del alma

Sentidos del cuerpo

En el Cuerpo de Cristo

Esperanza

Memoria

Oído y Equilibrio

Apóstol

Fe

Imaginación

Vista

Profeta

Amor

Afectos

Tacto (sistema central nervioso) y Cinético

Evangelista

Adoración Verdadera

Conciencia

Olfato

Pastor

Temor o Intuición de Dios

Razón

Gusto

Maestro

 

En este cuadro comparativo, podemos apreciar la vinculación de todos y cada uno de los sentidos del espíritu, del alma y del cuerpo humano y con los sentidos del Cuerpo de Cristo, el cual es la Iglesia, donde cada uno de los cinco ministerios cumple una función muy importante.

El Apóstol es el oído del Cuerpo de Cristo.  El Apóstol trae a la memoria cuáles son los principios para la edificación del cuerpo.  Pero, de una manera muy importante trae equilibrio a la doctrina que debe recibir la Iglesia.  Un ejemplo de ello es cómo las epístolas paulinas y de Juan establecen una comparación del creyente con Cristo en perfección, pero al mismo tiempo hablan de la necesidad continua de santificación (Podemos confrontar los siguientes pasajes:  Filipenses 3:12 y 15.  Al Apóstol dice que no es perfecto – “no que ya sea perfecto” -, pero después él se incluye entre los perfectos en tiempo presente  - “así que los que somos perfectos esto mismo sintamos” -.  En I Juan 3:9, el Apóstol Juan dice que el que es nacido de Dios no hace pecado; pero en I Juan 1:8 dice que tenemos pecado; y en I Juan 3:3 nos motiva a la purificación de nuestro ser; pero en I Juan 4:17 dice que en este mundo nosotros ya somos como Cristo.  De esta manera vemos cómo los apóstoles dan equilibrio a la doctrina pues establecen que nuestra condición, en el espíritu ya es de perfección, pero en el alma existe una continua necesidad de santificación).

El Profeta es el sentido de la vista para el Cuerpo de Cristo.  El Profeta recibe la visión  de Dios para los santos.  El Profeta da dirección a través de palabras directivas y predictivas.  El Evangelista tiene la habilidad de tocar las cuerdas más sensibles de los impíos para acercarlos a Cristo.  Pero el Pastor es semejante a una gran nariz que se extiende para reconocer el campo donde habrá de pastar el rebaño.  El Pastor debe tener el olfato muy bien desarrollado para detectar a los lobos rapaces.  Finalmente, el Maestro tiene la habilidad de sazonar la doctrina para que al comerse el pan de vida sea agradable a nuestro sentido del gusto y a la razón del alma.